Efharistó o una carta a un amor de verano

Escribo estas letras desde la subjetividad que da la visión de una turista y desde la parcialidad de una carta a un amor de verano, tan intenso y dulce. Se puede acompañar este texto con la canción que me ha acompañado en mis paseos atenienses. Nada, de Zoé, versión unplugged.

Atardece desde la terraza de mi Anfitrión

Cómo no estarle agradecida a una ciudad que me ha dado sol, colores, olores, sabores, alegría y paz.

El dulce caos de Atenas.

No era una ciudad que estuviese en mi lista de ciudades pendientes de visitar, así que no tenía una idea preconcebida de cómo sería. No había imaginado nada más allá de unas ruinas que se me antojaban intelectualmente interesantes pero subjetivamente quizá algo cansadas de visitar.

En mi imaginario, la Grecia actual es un país sometido por los tecnócratas, endeudada para los próximos -muchos- años, con una tasa de desempleo aún más alta que la española y con la angustia vital que Jordi Évole supo recoger en su programa.

Pensaba que iba a llegar a una ciudad apagada y acabada pero tardé solo unas horas en darme cuenta de mi enorme error.

Salir del aeropuerto y llegar a sus calles dormidas la tarde de un viernes de agosto. Los edificios bajos, el color blanco con reminiscencias a lavanda, a naranja y a ocre, a colores de atardecer mediterráneo.

La circulación enloquecida y un guía maravilloso que supo transmitirme en segundos su -también- enamoramiento por la ciudad.

Atenas en verano huele a hierbas aromáticas, sabe a tomate, pepino y orégano y suena a chicharras. Es una ciudad de claridad cegadora y es fácil orientarse porque con solo girar la cabeza, la Acrópolis, orgullosa, nos saluda desde la cima de su colina.

En el aeropuerto, mientras esperaba que saliera la maleta, leí un anuncio “en Atenas verás las imágenes que estaban en tus libros de texto; para todo lo demás, master class”. Entonces, mires donde mires, vas a ver las imágenes que salían en tus libros del colegio.

Siempre me ha costado mucho disfrutar del arte antiguo. Y no esperaba que comer con vistas a la Acrópolis minutos después de dejar el equipaje en casa fuera a causar una impresión tan fuerte en mí.

No era solo ver el lugar donde todo empezó, la “cuna de la civilización” con la que he estado bromeando estos días. Era sentirlo. En la terraza de un restaurante en mitad de una plaza repleta de cachivaches, comí sin poder dejar de mirar el Partenón y supe que me había enamorado perdidamente de esta ciudad.

Me esperaba menos de los museos, que han sido un bofetón en la altivez de alguien que viene de una ciudad amurallada y con ruinas y de un país lleno de museos y de restos arqueológicos. Nada que ver. Están a otro nivel. Son estratosféricos.

El museo Arqueológico es un lugar para quedarse a vivir. De cada cartel explicativo salen mil preguntas y curiosidades más. Por qué. Cómo. Guau. Sentirse en mitad del estadio  Panathinaikó es sentir la energía de la historia del olimpismo. Mucho más mágico de lo que esperaba que sería. 

El museo de la Acrópolis (gracias, Anfitrión, por sugerirme empezar por ahí antes de subir a la Acrópolis) está hecho con cariño y con orgullo, el mismo cariño y orgullo que he percibido en casi todas las personas con las que he hablado. Orgullosos de su pasado y felices de poder enseñarlo.

En este museo hay una corta película que ficciona la historia del Partenón. Las distintas guerras que lo convirtieron en ruina. Los espectadores, todos a una, no pudimos contener un gran “¡oh!” cuando las imágenes mostraron cómo el monumento salía volando por los aires en una de esas guerras. Eso, justo eso, ese nivel de empatía que sólo se consigue cuando sientes como tuya una maravilla que visitas tan lejos de tu lugar de origen. Nos dolió como si fuera nuestra.

Para ir de un edificio histórico a otro o de un museo a otro, hay que atravesar la Atenas real, la ciudad de tráfico caótico, la ciudad donde los peatones caminan por la carretera (y mi Anfitrión os puede contar una preciosa historia de por qué es así) y los motoristas, sin casco, van en la moto hablando por teléfono o bebiendo café. Una ciudad con pasos a nivel sin barrera y sin barreras, tampoco, para entrar en el metro. Me ha sorprendido mi propia reacción, tan positiva, a todo esto,  yo, que soy tan normativa: me ha dado una sensación enorme de libertad. Me ha descubierto que vivo en una ciudad llena de normas y prohibiciones disfrazadas de “es por tu bien”, creando una ciudadanía inmadura, incapaz de tomar decisiones porque no son necesarias: las normas deciden por nosotros. No tengo datos de la mortalidad en accidentes de tráfico en Atenas, pero no me refiero a lo concreto si no al subtexto que hay detrás ¿realmente son necesarias tantas normas?

Los graffitis forman parte del paisaje constante de Atenas. Con un muy buen nivel, con obras del tamaño de edificios, con algunos artistas con trabajos por toda la ciudad. Los norteamericanos tienen una expresión muy descriptiva para la sensación que me ha producido el contraste que provoca que en una misma ciudad convivan joyas del arte antiguo con joyas del arte urbano: “blow my mind”, te vuela, literalmente, la mente. No me lo esperaba en absoluto.

Pero te hablan de la excesiva vigilancia policial que hay en Exarhia, el barrio anarquista, y al conectar esto con las imágenes de los enfrentamientos entre el movimiento de Toma la plaza y la policía en Syntagma, se atan cabos. Es una ciudad viva, una ciudad que se está empezando a reconstruir de espaldas a lo que el marco político exige. Una ciudad que hace su propia revolución manteniendo el tipo, manteniendo su vida, llenando los tejados de placas solares… “Si algo tiene que suceder, surgirá de Atenas, como siempre ha sido” dijo mi Anfitrión. Y así será.

Y entonces me cruzo con los chicos y chicas de Exarhia, y les miro con cara de esperanza. Ela, ela, ela.

Hospitalidad. Eso es Atenas.

Cuando llegas a un café o a un restaurante, antes de traerte la carta, te traen un vaso o una jarra de agua fría. Y me ha sucedido en más de un restaurante que, después de pagar, me inviten a un postre. Ni el agua ni el postre lo cobran. Aunque sean restaurantes de menos de 10 € el plato principal.

Hospitalidad. “Estás en mi preciosa ciudad, eres mi invitada y te trato muy bien”,

Siempre soy turista en agosto. Si bien es cierto que esta forma mía de viajar, de casa de amigo en casa de amigo, te hace sentirte un poquito menos turista, sé que lo soy. Y asumo mi visión sesgada de las cosas. Por turista y por agosto.

Pero en Atenas no me he sentido en ningún momento como una fuente de ingresos, sino como una invitada. No han sido caros los museos, no son caras las visitas, no es caro el pase de una semana para el transporte público y el agua, hasta en la puerta de la Acrópolis, te la venden fresquita por 0,50€. Hay fuentes que funcionan, bancos para sentarse en calles y parques, y parques y terrazas, cientos de terrazas, en las calles y las azoteas.

Por la gente, por los deliciosos sabores y olores, por la luz, por el jaleo, por la música lejana que suena constantemente, a ratos tengo la impresión de estar en una ciudad de Oriente Próximo. “Es el Zoco” dice Nicola. Es el zoco, claro. Menos europeos de lo que pensaba (para bien), tienen en su cultura, en su sangre, en su piel, la intensa mezcla de todas las civilizaciones que han pasado por aquí.

No tengo nada malo que decir de esta ciudad. Sería descortés y además no me corresponde evaluar lo negativo ni juzgar a la que tan bien me ha acogido. Crisis, política, ruina, paro y tecnocracia no son cosas de las que pueda hablar ni quiero. Porque ninguna de ellas ha estado presente en mi viaje. No las ignoro, pero no es el momento de poner todas las cartas sobre la mesa.

Mi Anfitrión ha sido el anfitrión perfecto. No solo me ha acogido en su casa, me ha acogido en su vida ateniense. Me ha presentado a sus amigos, me ha enseñado sus rincones favoritos y me ha invitado a soñar. Atenas no habría significado en mi vida lo que ha significado si él no hubiera ejercido de director de orquesta, de hado padrino.

Y Atenas también ha sido, por orden de aparición, Nicola, Sid, Panagiotis, María y sus hijos, Sophie, Giannis y Jennie y Jelisabetta y Álex. A todos ellos, mi agradecimiento infinito por su tiempo, por las risas, por la playa, por la abundante comida, por la cena tan rica, por la skiládika, por el cine al aire libre y por el Ticket To Ride con sus trampas y su tratado de Marsella. También han sido grandes embajadores de la ciudad y han contribuido sin duda alguna, a que ahora marche de aquí con el corazón partío.

Atenea sembró un olivo, símbolo de paz y prosperidad, y los dioses eligieron su regalo porque consideraban que sería de más utilidad para los ciudadanos, ya que les daría alimento, aceite y madera.

Qué feliz me has hecho, Atenas. Efharistó.

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