Los niños salvajes

(publicado el 13/07/2008)

En la línea de documentales que estoy viendo últimamente, hace un par de semanas me “enganché” a uno sobre “Niños Salvajes”, un tema que me interesaba mucho en mis tiempos universitarios y sobre el que hice dos o tres trabajos entonces. La diferencia de este documental frente a los que ya había visto, es que en estos años se ha descubierto la existencia de más niños salvajes (en la actualidad o que vivieron en países remotos –para la ciencia- a principios de siglo XX). Se entiende por “niño salvaje” a aquel (o aquella) que ha vivido en condiciones distintas a las humanas al menos durante un año de su vida, empezando en una etapa en la que no hubiera desarrollado completamente el lenguaje. Más o menos. Los criterios, como los expertos no suelen ponerse de acuerdo, varían de un caso a otro. Se supone que el hallazgo de estos niños nos va a decir cuánto de humano tenemos gracias a lo genético y cuánto a la educación. Cuánto es innato y cuánto, aprendido. Al haber estado privados de estimulación social ¿se vería qué es capaz de desarrollar el ser humano de forma instintiva? Es lo que se conoce, dentro de las ciencias sociales, como “el experimento prohibido”. La única forma que tienen los científicos de saber cuánto de “personas” somos al nacer sería privando de estimulación a un bebé desde su nacimiento, pero eso es indiscutiblemente imposible (y mira que la ética científica de vez en cuando nos da unos sustos tremendos), por eso se llama “el experimento prohibido”. Pero de vez en cuando, la crueldad de algunos seres (in)humanos que abandonan a sus hijos en la selva, o bien los encierran en sótanos o los obligan a vivir en la caseta de los perros, hace que aparezcan casos que se aproximan bastante a lo que podría ser el resultado de estos experimentos prohibidos.

Uno de los casos más famosos, quizá porque Truffaut lo llevó al cine, es el de Víctor de l’Aveyron. A Víctor lo encontraron en los bosque de La Caune, cerca de los Pirineos, en estado salvaje, a una edad aproximada de 11 años, a principios del XIX. Nadie sabía cuánto tiempo llevaba allí, ni de dónde venía ni quién era. A juzgar por su aspecto (pelo largo, uñas largas) y la posición en la que caminaba (como los monos) debía llevar mucho tiempo perdido. Se lo llevaron a París y se hizo cargo de él Jean Itard, un médico francés que volcó todo sus esfuerzos en socializar a Víctor. En ese proceso se basa la película de Trufaut, en el intento de que aprendiera a hablar y en el de convertirlo en una persona “civilizada”. Los progresos, al principio, fueron prometedores. Pero llegó un momento que dejó de avanzar, Itard, desesperado, tiró la toalla, y Víctor acabó sus días en una residencia o asilo de la época. No aprendió a hablar.

En el documental que nos ponían en la facultad también hablaban de Genie Wiley, otra niña salvaje que habían encontrado en 1970, a sus 13 años o así, después de haber pasado toda su vida encerrada en el sótano de sus padres, aislada del mundo exterior, atada a un orinal, sin lenguaje, sin movilidad y con mucho miedo. La encontraron casi por casualidad, y su vida cambió de las manos psicópatas de un padre, a la ambición extrema de los científicos. Fue cambiando de casa en casa, aprendiendo poquito y cuando finalmente la ciencia decidió que no podía “sacar” más de ella, la internaron en un centro para adultos. Afortunadamente, su paradero desde entonces está oculto por orden judicial.

En el nuevo documental que vi hace poco, hablaban de muchos más casos, como las hermanas Kamala y Amala, encontradas en la India y supuestamente criadas por lobos
(aquí los expertos tampoco se mostraban de acuerdo, y algunos decían que era posible y alegaban el caso del Orangután que salvó a un niño en un Zoo norteamericano como ejemplo de la protección interespecies, y otros etólogos decían que era imposible, que el instinto de supervivencia de cualquier especie era demasiado grande como para ocuparse de otras crías potencialmente más peligrosas). Tampoco desarrollaron lenguaje. Y también salió el caso de un niño salvaje reciente, encontrado en algún país de África, del que se pudieron ver imágenes en la actualidad (debe tener alrededor de 18 años) y del nivel de evolución cognitiva al que había llegado (muy poquito, pero siempre se plantea lo mismo ¿no evolucionan por la falta de estimulación o el abandono vino de que los niños presentaran ya dificultades al nacer?). Y otro caso más de maltrato de padres, el de una niña a la que habían obligado a vivir en la caseta de los perros, con los perros, durante uno o dos años. De ese caso también había imágenes actuales y, además, el testimonio de la niña, que no había perdido del todo el lenguaje durante su época de aislamiento y podía relatar no tanto el pasado, pero sí cómo se sentía en el presente.

Estos son sólo algunos de los casos. Buscando por internet he encontrado miles de cosas y este post se me atisba casi ridículo, por lo acientífico y por la falta de documentación actualizada sobre el tema. Sirva como apunte iniciático para curiosos.

Me parece que es un tema apasionante por lo que se plantea de fondo, cuánto de innato hay en las conductas cognitivas (pensamiento, memoria, lenguaje), cuánta predisposición genética hay hacia lo social y hacia las normas sociales y, sobre todo, cuánto de humano hay en los científicos. Quizá la ética científica de hoy en día se centraría en dotar a esos niños de las herramientas suficientes para normalizar al máximo sus vidas (como en el caso del niño africano) y no tanto convertirlos en cobayas humanas que les lancen a la fama del “Science Magazine”. Cualquier logro con estos niños se convertiría en un hito científico y, ¿es tan fácil resistirse a eso?

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