«Los últimos días de nuestros padres»

Le robo el título a uno de mis libros favoritos de Joël Dicker porque esa frase lleva dándome vueltas en la cabeza todo el día. Los últimos días de nuestros padres. Cuando pasa la parte devastadora tras la pérdida de un ser querido llega la fase en la que haces equilibrios anímicos para convivir con su ausencia. Es un equilibrio frágil porque cualquier disparador te lleva de vuelta al punto de partida, al dolor agudo que se convierte casi en tangible. En realidad, el disparador debería haber llegado mañana, cuando mis padres habrían cumplido 51 años de casados. Pero ha llegado hoy con el atroz e indigno desahucio de Maricarmen, de 87 años, vecina de Retiro Norte, en Madrid. Dos hermanos dueños de un fondo buitre, jueces, policía e instituciones públicas han decidido que una mujer de 87 años con un porcentaje de discapacidad que no es lo suficientemente grande para que no la desahucien (como si unos 87 años florecientes no fueran dignos de protección por sí mismos) se vaya a la calle después de casi 71 años habitando su hogar.

No suelo escribir de estas cosas ya. Ni de lo político ni de lo personal. Pero hoy tengo la sangre hirviendo de rabia y de dolor y creo que callarse o protestar en silencio no es una opción.

Al poco tiempo de morir mi madre, 8 meses después de mi padre, una amiga me dijo que no solo había que tener suerte en la vida: también había que tener suerte en la muerte. El hecho de haber estado los últimos días de mi padre y los últimos días de mi madre junto a ellos cambió mucho mi forma de ver la vida. Las prioridades, de qué te acuerdas cuando te estás yendo, quiénes te rodean para despedirse de ti, sus manos… Su sobrevenida fragilidad que me tenía llena de rabia porque no supe digerir que mis padres, tan invencibles, se fueran apagando, se fueran olvidando. Los últimos días de nuestros padres aprendimos a la fuerza mucho sobre lo duro que es envejecer en una sociedad que es especialmente hostil con los más vulnerables. Lo vimos en la pandemia, cuando la CAM decidió dejar morir asfixiadas y sin ayuda a 7291 personas -ancianos, adultos dependientes-. Lo vemos en ciudades donde cada vez hay menos bancos donde poder sentarse y socializar, donde cada vez es más difícil moverse por las calles y en transporte público, donde cada vez las vecinas y vecinos vivimos más hacia dentro…

Desde que mis padres faltan, miro mucho más a las personas mayores con las que coincido en mi día a día. Me producen una ternura agridulce: es inevitable preguntarle a la vida por qué unos se quedan y otros no. Es inevitable empatizar con su fragilidad, ahora que ya sé qué forma tiene.Y pienso en Maricarmen y en que esta noche no podrá dormir en la que ha sido su casa durante 70 años, en la casa donde murieron sus padres y donde quería morir ella. Que no estarán sus objetos que le anclan al mundo, que no estarán sus hábitos coreografiados en los pasillos y habitaciones. No podrá referirse a su habitación como «su dormitorio», no podrá hacer llevadera su discapacidad en un entorno que ella controla. La sociedad en general es responsable, pero también lo son todas y cada una de las personas, con nombre y apellidos, que han participado en el vergonzoso desahucio. No están cumpliendo órdenes, están desahuciando de forma violenta a una mujer de 87 años que va en silla de ruedas. A lo mejor uno de esos policías va todos los domingos a ver a su madre a la residencia. ¿Con qué cara la mirará el próximo domingo? ¿Pensará que Maricarmen se lo merecía pero que su madre no? Porque de eso va un poco ¿no? De deshumanizar a las víctimas para que no te importe tratarlas peor que a animales. ¿Que pensarán cada una de las personas de la comisión judicial? A lo mejor hay una de esas personas que lleva meses sin ir a ver a su hermana mayor, delegando su cuidado en otros familiares o en nadie. A lo mejor una de esas personas se jacta de tener la mejor madre del mundo, que le hace unas croquetas increíbles. A lo mejor una de esas personas que hoy ha estado involucrada en la firma del desahucio sin atender a los organismos internacionales que clamaban por detenerlo cuando llegue su hora, morirá sola, sin que cientos de vecinos y vecinas del distrito vayan a mostrarle su apoyo.

Desde que fallecieron mis padres, no solo me fijo en las personas mayores que veo por la calle, también me fijo, con orgullo, en cómo mis amigos cuidan a los suyos. Veo como C y sus hermanas cuidan con una dedicación exquisita a su madre. Vi cómo C y su hermano cuidaban a su madre como si fuera una joya de porcelana. Veo a mis primos mayores no flaquear con su padre y seguir mimando a su madre, con lo dificilísimo que es lo que les están atravesando. Vi a las cuidadoras de mis padres cuidarlos con una delicadeza y un amor extraordinario de los que aprehendimos el sentido más amplio de la dignidad en los cuidados de las personas mayores. Visto en perspectiva, ni un miligramo de tiempo o de esfuerzo de sus últimos días nos sobraron. Ojalá haber podido o sabido hacer más porque ahí, en cada uno de esos últimos días que fueron meses, es donde más importante eran el amor y los cuidados. Lo más importante que he hecho en la vida ha sido cuidar a mis padres, y qué suerte tuvimos mi hermano y yo de poder estar ahí para hacerlo.

Hoy, los hermanos R. y F. A.F. han decidido que Maricarmen, de 87 años, con un 50% de discapacidad (¿de cuándo sería el informe? Porque el tema del reconocimiento de la discapacidad, en Madrid, es una risa) deje de tener un hogar. Seguramente se morirá de tristeza, que es una cosa que no viene en los libros de medicina, pero que sí sucede (¿sabíais que la probabilidad de sufrir un ataque al corazón después de una pérdida de una persona querida se dispara durante los primeros 6 meses tras la pérdida?) en poquito tiempo. No me quiero ni imaginar la angustia que ha tenido que sufrir todos estos meses Maricarmen porque los hermanos R. y F. han decidido echarla a la calle y esos jueces y policías, cada una de esas personas, han aceptado sin rechistar, sin poner su humanidad por delante. Han sacado a Maricarmen de su casa a la fuerza, tirando la puerta abajo, apaleando a quienes han intentado impedir el desahucio. Han rociando con gas pimienta a los que han puesto a los cuidados en el centro. Maricarmen se ha tenido que ir sin poder recoger sus pertenencias. Con una maleta a medio hacer. Los fantasmas de sus padres se habrán quedado desolados viéndola salir de su casa, de la casa de los tres, escoltada por los antidisturbios. ¿Qué te llevas de una casa donde has vivido 70 años? ¿Tendrán madre, R. y F.? ¿Qué pensará la madre de R. y F. si sigue viva? ¿Y en la carnicería o la frutería o el supermercado o la gasolinera que frecuentan R y F les atenderán igual, sabiendo que lo que han hecho con Maricarmen lo podrían hacer con sus madres, también, mañana mismo? ¿Irán a misa, R. y F.? ¿Les dejará el cura de su parroquia comulgar? ¿O con cuántos padresnuestros y avemarías les perdonarán y ya a prepararse para arrancar a otra octogenaria de su casa? ¿Estará la antigua directora del colegio al que fueron R. y F. contándole a sus hijas por teléfono que ya se les veía venir, desde críos? Tanto miedo a los ocupas y al final no son ellos los que le quitan las casas a la gente.

El desahucio de Maricarmen hoy ha sido el disparador de la tristeza con la que llevo conviviendo desde que mis padres empezaron a entrar en sus últimos días, hace 3 años ahora. Me acuerdo de sus últimos días y colocar el sufrimiento de Maricarmen sobre lo desgarradora que se puede volver la vida en sus últimos compases hace que me hierva la sangre. Y todos deberíamos estar así. Es indecente, es indigno y es atroz tratar de esta forma a nuestros mayores. Es un fracaso mayúsculo como sociedad. Y esto no va (solo) de ideología, va de sentido común. Estamos diciendo que las máquinas van a acabar con el mundo por su falta de ética ¿y qué estamos haciendo los humanos con los otros humanos? ¿Esto es ético?

La cafetería Kiwi ya no es cafetería Kiwi, ahora es un nuevo set de viviendas vacacionales que se añaden a las ¿más de 50? que hay en un radio de 10 minutos andando desde el propio y desaparecido Kiwi. Están echando a la gente de sus casas y sus comercios y están convirtiendo nuestras casas y nuestros barrios en zona de prioridad turística y especuladora. Maricarmen es por quien salimos a la calle hoy, pero son muchos más nombres, muchas más caras, todos los días. Es indecente que haya gente sin casa y casas sin gente.

Ojalá existiera el karma, al menos, para cada una de las personas que han hecho que Maricarmen (y todas las Maricármenes) duerma en la calle.