La abuela Luisa

Un día estás recogiendo fresas de la mano con tu abuela en la parte de atrás de Casa Laureano y cuatro décadas después te encuentras escribiéndole una carta de despedida. La misma abuela que, pasados los 98 años años, creías ya inmortal.

Estos tiempos malditos se han llevado a mi abuela sin poder hacer lo que más le gustaba a ella, estar rodeada de su familia y amigos, brindando por la vida entre viandas, carcajadas y abrazos. No hemos podido despedirla con la gran celebración que ella habría querido, rodeada de flores, de cariño y anécdotas, y estos días el duelo se sucede entre llamadas, videollamadas, fotos compartidas por whatsapp y repetir los recuerdos con unos y otros.

Escribir sobre mi abuela, una persona tan querida y conocida en Posada, es escribir desde otro punto de vista. Desde el de su única nieta que vive a 500 km de ella. Mi abuela Luisa fue una abuela de alegría, porque al no vernos con frecuencia diaria, cada vez que nos veíamos había que celebrar. Y eso es lo que me llevo de ella en el recuerdo y en la forma de ser: la fanfarria. He estado rebuscando fotos y en todas estamos festejando: en los Exconxuraos, comiendo en Güeyu Mar, de paseo por Lastres o Ribadesella, haciendo un picnic en Cabo Peñas con más de 90 años, cantando María Dolores Pradera en la parte de atrás del coche, espachurrada entre ella y Carlines… El carrete de mi recuerdo está lleno de fotos felices.

Recuerdo los primeros años desde que me independicé de casa de mis padres, que iba con más frecuencia a Asturias, y mi abuela no hacía más que decirme “pero ¿comes bien en Madrid?” y yo le decía que no, que en Madrid no encontraba verdura así de rica. Y cuando llegaba a casa me encontraba la maleta llena de manzanas, nueces, fabas… Una vez apareció un chorizo dentro de la mochila de mi portátil que inocentemente abrí en el tren de vuelta a Madrid porque ya no cabían más cosas en la maleta. El olor es posible que aún no se haya quitado del tren.

Mi familia, mi abuela, es muy querida en Posada, y ese cariño se permeabiliza hasta nosotros, lo que significa que cuando voy al pueblo tengo un montón de familia no de sangre que extienden el cariño que le tienen a los de Casa Laureano hasta mí. Estos días de recordar a mi abuela, los recuerdo también a todos ellos.

Uno de mis primeros recuerdos de infancia es en la cocina de Casa Laureano. Mi bisabuela Carmen me acercaba a los fogones bajo la atenta supervisión de mi abuela Luisa y me advertía de que debía remover la comida siempre hacia el mismo lado. Hasta muy mayor no supe que eso era solo para algunas recetas, pero la superstición de hacerlo con todos los guisos permanece. Recuerdo también observar los motores de la cocina de Casa Laureano desde la escalera, para no estorbar pero fascinada con lo que allí sucedía (y con las patatas fritas que mi abuela me iba dando a escondidas). Cómo mi abuela batía los huevos con un muelle e intentaba enseñarme a hacerlo. “Los huevos tienen que estar muy batidos para freír el pixín pero no puedes batirlos para hacer los suspiros de pajares”.

Cuando trato de ofrecer consuelo siempre pienso en cocinar para la persona que necesita ser consolada. También lo pienso como forma de querer. Y es otra cosa que aprendí de Posada. Recuerdo la expectación que mi hermano y yo teníamos con el “paquetín” que venía de Casa Laureano después de Reyes. Recuerdo algunos de los regalos pero, sobre todo, recuerdo el revoltijo, el bizcocho tan delicioso, los suspiros de pajares… Los mismos suspiros de pajares que hacía mi bisabuela Carmen, que ahora hago yo, y que saben a infancia y a casa. Y ahora añoro los fritos de pixín, el bonito en rollo, las cebollas y las patatas rellenas, las fabes…. Y el café. Porque mi abuela preparaba el mejor café del planeta, tanto en Casa Laureano como en casa. Con más de 90 años mi abuela todavía me untaba el queso y la mermelada casera en el desayuno familiar de los fines de semana.

Supongo que la mayoría de la gente estamos bendecidos por la mirada de amor infinito de nuestras abuelas, pero permítanme que sienta la mirada de mi abuela a mi hermano y a mí como algo excepcional. El orgullo. Cuando mi hermano acabó la ingeniería y me dijo “por fin alguien hace algo importante en esta familia”, jajajajaja, ay. A cambio, yo le di la alegría de participar como figurante en la serie de Arturo Fernández y que me dijera “Chatina”. Aquel episodio de La Casa de los Líos estuvo puesto en Casa Laureano toda la navidad.

He tenido dos abuelas muy diferentes entre sí. De una aprendí a amar los libros, los idiomas, la cultura, el aprendizaje. Mi abuela de diario. De la otra, aprendí el amor por la cocina, por la buena vida, por no dejar pasar una sola ocasión de celebrar, por querer a los amigos mucho y bien. Mi abuela de vacaciones y viajes.

Y quizá no siempre ha sido fácil. Lo sé racionalmente, pero estos días mi cabeza solo puede recordar entre lágrimas y sonrisas las anécdotas felices, cuando fuimos a comer a ese restaurante en Cangas al que yo llegué al primer plato ya sin hambre y en el que mi abuela, rozando ya los 90, se terminó su postre, el mío y mi barquillo del café. Cuando de pequeños nos llevaba al establo de al lado y nos cocía la leche que recogían allí. Sentarme desde muy pequeña junto a ella a leer la prensa local, directa casi siempre a sucesos y esquelas. O cuando llamaba a mi padre si yo iba acompañada de amigos a comer a su casa para darle el parte. “Ye muy ruinín” (cómo acertó). “Ye muy tradicional, lleva cachirulo”. O cuando en mi etapa grunge desaliñada ella venía por detrás intentando cortarme los hilos que salían de los vaqueros, atusándome el pelo, sugiriéndome si no sería mejor que fuésemos juntas a la peluquería el viernes. Cuando miraba a mi hermano que iba a medio afeitar y le decía que estaría más guapu afeitado. Pienso en mi abuela y pienso en las manos impolutas siempre, tan bonitas. Lo coqueta y lo guapa que se ponía siempre para salir. Los pasitos apresurados cuando mi hermano y yo la cogíamos de un brazo cada uno y la llevábamos casi en volandas. Cuando la tarde de un 25 de diciembre mi hermano tenía que coger el Alsa de vuelta a Madrid y mi abuela le pidió al dueño de La Miranda que metiera un cachopo dentro de una hogaza de pan para que tuviera un bocadillín para el camino. Los exconxuraos. Y el día después de los exconxuraos, con el champán rosado de Avelino y todo el mundo acercándose a ella para ofrecerle lo que habían llevado de comer ese día.

Casi todos mis recuerdos con mi abuela van de la mano de la cocina de Casa Laureano. Recuerdo especialmente una tarde, con el restaurante cerrado al público, que nos sentamos mi abuela, mis tías, mi madre y yo en la cocina a pelar judías o guisantes. Me enseñaron a quitar la vaina y estuvimos haciendo aquella tarea que me pareció fascinante mientras canturreábamos canciones de folclore popular -yo me las aprendí entonces y ahora tiemblo de emoción cuando se las escucho a Rodrigo Cuevas-.

Sí, soy la cuarta generación de mujeres de Casa Laureano y la que rompe la tradición familiar del restaurante. Pero quiero compensar escribiendo la historia de Laureano, un proyecto a medias que ya me dio buenas notas en un curso de guión. El verano que estuve en Asturias documentándome, mi abuela se zafaba de las preguntas -algo que ha heredado mi padre, maestros los dos del despiste- y como mucho conseguía algún “mi padre era un gallín”. Tengo pensado recopilar las recetas -las que se pueden contar-, pero da igual tener las recetas porque no era la técnica: era el amor, la forma de cocinar. Entender la cocina como una forma de querer. Así lo hacía mi abuela y así lo hacían mis tías.

Casa Laureano fue en los 80/90 un epicentro empresarial y político. Por allí pasaron personas de todo tipo, y mi abuela trataba igual a los de apellidos reales como los que entraban a por tabaco (la de años que me costó entender por qué dentro de Casa Laureano había un estanco y qué eran las letras….). Coincidían todas esas personas en entrar a saludar a la cocinera al terminar de comer. Mi hermano y yo lo veíamos desde alguna mesa que hubiese quedado vacía. Qué famosa era la abuela.

Se ha marchado mi abuela sin que nadie nos hayamos podido despedir de ella y con mejor estómago del que tendré yo en la vida. Una semana antes de fallecer todavía estaba cenando chocolate con churros. Y seguía tomando café. Y aunque era ley de vida y su camino estaba ya hecho, deja un hueco enorme en el corazón de todas las personas que la queríamos, que la queremos.

No dejo de pensar en mis tías, en mi padre y en Carli. En sus sobrinos. En sus amigos. En mi hermano y en mí. Güelina, te vamos a echar mucho de menos, pero no vamos a dejar de celebrar. Va por ti.