Niños que matan niños

(publicado originalmente el 13/04/2010)

Cada vez que un niño mata, la opinión pública se lleva las manos a la cabeza echándole la culpa a la Ley del Menor. La verdad es que yo no conozco esa ley en profundidad,  pero parece populista criticar la posible reintegración en el menor tiempo posible de un niño asesino. Pero cuando leo comentarios del tipo “cadena perpetua para los asesinos menores” se me ponen los pelos como escarpias.

Aunque con lo que realmente se me ponen los pelos de punta es con la proliferación de asesinos menores de edad, cada vez más jóvenes. Y una vuelta más de tuerca, asesinos cada vez más jóvenes que, según los interrogadores, muestran una sangre fría alarmante. Que no muestran arrepentimiento. Que camuflan la escena del crimen. O que ocultan el cadáver. Que se resisten a un batallón de interrogadores (policía, guardia civil, supongo que psicólogos…) sin pestañear y que se cortan el pelo antes de cada comparecencia en los juzgados, que reciben cartas de fans (fenómeno del que tuve noticia por primera vez con el asesino de la Catana y que se está repitiendo con Miguel Carcaño, el ¿asesino? de Marta del Castillo; no sé si entre medias ha sucedido más veces).

Me da la sensación de que nos encontramos ante un nuevo tipo de asesino que ve la cárcel como un Gran Hermano y los procesos judiciales como un Talk Show.

En casi todos los periódicos han hecho un histórico de los crímenes de menores de los últimos años. Quizá hace 100 años había los mismos crímenes pero menos repercusión mediática, no lo sé. El fratricidio más famoso de la historia no histórica es el de Caín y Abel… Pero hoy es hoy y ahora mismo hay 2 casos muy mediatizados en los que tanto asesinos como asesinados, (presuntamente) son menores.

¿Y qué estamos haciendo mal? Pues muchas cosas. Parto de la base de que la educación perfecta no existe. Que los padres, hagan lo que hagan (hagamos lo que hagamos, si algún día soy madre), lo harán menos mal, mal o peor. Pero siempre los hijos dirán (diremos) que hay un montón de cosas de nuestros padres que no repetiríamos. A mí me quedó claro hace mucho que seguramente habrá cosas que no repita, pero en muchas otras, innovaré para mal.

Se habla de crisis general de valores. Eso es relativo. Valores, los hay, lo que pasa es que quizá no son los que más favorecen para crear una sociedad sana. Los que no creemos que el capitalismo sea un sistema sano para la especie humana, le echamos la culpa al capitalismo. Pero reducirlo a eso sería demasiado simplista, demasiado fácil. Algo tan complejo no se puede explicar en una sola frase, atribuirlo a una sola causa.

Es la generación de niños llavero, que se han criado casi solos. Algunos lo atribuyen a la incorporación a la mujer al mundo del trabajo. Puede ser que la sociedad no haya sido capaz de adaptarse a este cambio, así que la sociedad es responsable por no proponer medidas que permitan a los niños estar más tiempo con su padre y con su madre al volver del colegio.

Puede ser que ya los padres de estos niños empezaran a sentir el síndrome de Peter Pan que anega a mi generación. Cuarentones y cuarentonas disfrazados de chavales que siguen en los mismos bares que hace 25 años. Cuarentonas y cuarentones disfrazados de Britney Spears y obsesionados con la receta de la eterna juventud. Varias generaciones que asumen (que asumimos) cada vez menos responsabilidades, que tratan (tratamos) a los niños de “colegas” o “troncos” y que los “adultizamos” demasiado pronto (según “El país semanal” de la semana pasada, ahora es “tendencia” vestir a las niñas exactamente igual que a las madres) mezclando un engrudo de niños-adultos y adultos-niños del que poco bueno se puede sacar. Y esto no es renunciar a valores como el juego, la imaginación o la diversión, que ese es el doble error: o bien se “corta” el juego cuando el padre o la madre lo consideran oportuno (se puede cortar al no fomentarlo) o bien perpetuándolo como algo infantil para siempre (el juego y la imaginación también acompañan al resto de las funciones cognitivas en el proceso de madurez y tienen que desarrollarse) . Hablo de responsabilidad, de reflexión, de asunción de deberes, de defensa de los propios derechos, de respeto al prójimo, de compartir, de saber divertirse sin necesidad de nadie, de compromiso social, de compromiso medioambiental, de laicismo real, de no-machismo real, de respeto por uno mismo, de conciencia y concienciación. Hablo de unos valores que comparten muchas religiones y muchos modos de vida. Del anarquismo a la newage, del budismo al islamismo, del cristianismo al socialismo… En realidad, la base más primitiva de los pensamientos que conozco es el respeto por uno mismo y por los demás. Con amor por uno mismo y por los demás. Luego ya llegan las perversiones que invitan a la Guerra Santa, a la Santa Inquisición o al Santo Atentado. Pero en su origen, la cosa tiene mucho sentido: perpetuar la especie.

He trabajado de psicóloga infantil y lo dejé por los padres, no por los niños. Veía cómo creaban pequeños monstruitos y me los dejaban para que yo los “transformara” y cuando les decía que mi trabajo era más importante con los padres que con los hijos, solían desaparecer. O venir y mostrarse impasibles al cambio. “No es culpa mía, es que el chaval me ha salido así”. Claro. Lo de tirarle la televisión por la ventana no tuvo nada que ver. O casi nada.

Chavales que han estado expuestos a mucha más violencia visual sin consecuencias que otros niños. Las generaciones que vivieron las distintas guerras estuvieron expuestos a mucha más violencia, pero esa violencia siempre tenía consecuencias. La violencia a la que se exponen los niños ahora no tiene consecuencias. Ni en la tele, ni en los libros, ni en los videojuegos. Sin causa-efecto el aprendizaje es muy complicado. Y el problema no son los videojuegos, ni la tele, ni siquiera los telediarios o los talk show. El problema es que los estamos dejando solos ante el peligro. El problema es que a un profesor se le puede condenar de forma pública, incluso lesionar, humillar, con el beneplácito del consejo escolar, bajo el mando de los AMPAS. El problema es que si un abuelo riñe a un nieto, ese abuelo ya no ve más al nieto, “porque a ver qué te has creído tú que eres para reñirlo, viejo chocho”. El problema es que esta bendita sociedad nunca dice que no. Y los psicólogos, los pedagogos y cualquier persona con un mínimo sentido común hacemos mucho hincapié en la importancia de decirle que no a los niños, de ponerles límites para facilitarles el aprendizaje. Cuando un niño nos pone a prueba no es por “joder”. Es por aprender. Necesitan saber hasta dónde pueden llegar. Y el dónde lo marca un paso más allá del no. Si no, es como dejar a una persona ciega en un espacio sin muros. Se desorientará.

Estamos educando, también, desde el “yo”. “Hijo, tú eres el más importante, si te empujan, lo devuelves”. Yo recibí una educación cristiana. Desafortunadamente, para casi todo, afortunadamente para algunas cosas. Como lo de “amarás al prójimo como a ti mismo”. Ceder el asiento. Ceder el mejor trozo de tarta. Ceder el sitio en la fila. Ceder una prenda de ropa. Ceder. Y no un ceder asociado al “sacrificio para ir al otro mundo” (como los cristianos sienten), sino asociado a un profundo amor al ser humano. Por eso yo no defiendo la pena de muerte. Porque no se puede matar a otro ser humano. Por eso sí defiendo la eutanasia, porque el amor a otro ser humano me puede hacer entender que no quiere seguir con el sufrimiento.

Empatía. Saber ponerse en el lugar del otro. Cuando veo a los NI-NIs de ahora con la música a todo trapo en el móvil por la calle o en el autobús me dan pena. Porque nadie les ha enseñado a empatizar. Nadie les ha dicho “oye, imagina cómo se siente la persona que tienes al lado si no le apetece escuchar tu música”. Ese ejercicio no se hace ya en una sociedad que lo que valora es el triunfo individual pisando cuantas más cabezas mejor.

Los nuevos héroes son la gente de “a pie” que llena los platós de programas casposos de televisión. Grandes hermanos, El Diario y demás son un claro exponente de lo que los más jóvenes (y no tan jóvenes) quieren ser. Fama inmediata sin nada de mérito detrás. Se desprecia lo intelectual, lo meritorio, lo que haya surgido fruto del esfuerzo.

Esfuerzo. Los entrenadores deportivos se quejaban en una entrevista que leí no hace mucho, de que era cada vez más difícil encontrar niños que siguieran una carrera deportiva. Que el esfuerzo que implica entrenar todos los días (y quitando deportes como el tenis o el fútbol, que si todo saliera a pedir de boca, puede dar mucho dinero), haga el tiempo que haga; que implica sacrificar tiempo y otras actividades. Que a lo mejor pasas 10 ó 15 años de tu vida entrenando para que una lesión en el último momento te impida seguir compitiendo. Un futuro laboral incierto… No, el deporte exige demasiado y no garantiza nada de “ya, para ya”.

Sin perspectiva vital. Sueldos miserables, hipotecas inalcanzables, parejas efímeras, rechazo de lo anterior porque no es “cool” sin quedarse con nada de lo bueno y lanzándose al vacío de lo bueno por conocer, pero que tiene que venir por sus propios medios, porque no se puede hacer nada por lograrlo.

Si hacemos un cocktail metiendo un niño al que nunca le han puesto límites, que ha pasado mucho tiempo solo sin nadie que le explicara el mundo, que ha conocido la violencia sin consecuencias negativas, que sus ídolos son la gente que termina saliendo en televisión, haga lo que haga, que no tiene respeto por el resto de seres humanos, que está dispuesto a conseguir lo que sea caiga quien caiga y sin mucha perspectiva de un futuro feliz, lo raro es que no haya más menores asesinos.

Es mi opinión.

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